Antonio Reparaz Araujo

Andújar: El intento de sublevación del capitán Reparaz El 19 de julio de 1936 el capitán Reparaz intentó organizar a los elementos contrarios a la revolución, pero después abandonó el intento

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Son muchos los interrogantes sobre el intento de sublevación del capitán Reparaz en Andújar (Jaén) ¿Fueron muchos, como dice una cuartilla anónima, o demasiado pocos (como dice él en su libro) los civiles que acudieron a su convocatoria? ¿Fue el 19 de julio -antes del “motín” en las calles (cuartilla)- o el 20, después del motín (libro), cuando los convocó? ¿Desistió de convocar el estado de guerra porque eran pocos (libro) o porque no podía ocultarlos ante una posible inspección procedente de Jaén (cuartilla)? ¿Cómo pudo convocarlos después de haber tomado la decisión de congregar sólo a los guardias y sus familias en Andújar? ¿Por qué no recuerda nada sucedido entre el 21 y el 28 de julio?

[Una cuartilla sin firma ni fecha en el legajo 1007, expediente 1 (folio 279) es toda la escueta información que sobre la actividad del capitán Antonio Reparaz Araujo se encuentra en la Causa General. La cuartilla, que lleva escrito al margen a lápiz “Informe sobre sucedidos día 18 julio 1936” puede dar la sensación de que Reparaz intentó sublevarse y se echó atrás ante una llamada de su jefe desde Jaén. ¿Optó entonces por el plan de ir reuniendo sólo a los guardias para pasarse? ¿Por qué, si no pretendía hacerse con el control de Andújar para los sublevados, convocó a civiles, comprometiéndoles? ¿Fue la vista de las inmensas fuerzas que iba congregando el FP en Andújar -véase el contraste entre la “mucha gente” de derechas que acudió a la llamada de Reparaz, según la cuartilla, y en cómo en su libro resultan ser pocos- lo que le hizo desistir, y a ello unidas las amenazas de Pablo Iglesias, la posterior llegada de otro importante mando de la Guardia Civil? Algo tenía que planear Reparaz, cuando en su libro vuelve una y otra vez sobre la mención de las tácticas de blocaos en África, sobre la capacidad de resistencia de un puñado de hombres, y sobre cómo descubrió que el lugar idóneo para resistir sería el Santuario de la Virgen de la Cabeza.

Las incógnitas resultan difíciles de despejar. Reparaz muestra al tiempo ser un maestro del disimulo y un jefe que se hace respetar. El que no mencione su convocatoria a los civiles como insurrección hipotéticamente podría interpretarse como un intento por no llamar la atención -el libro está escrito en 1937- sobre los civiles que le ayudaron y podrían ser represaliados. Pero lo cierto es que da algunos nombres (los de quienes protegió en su “salida” a la calle). Igualmente podría pensarse que no da importancia al hecho para “dorar la píldora” ante los nacionales acerca de que no hubo otra salida: de ahí que mencione que el caso de Úbeda al sumarse a la columna Miaja era exactamente igual. Hay una discrepancia en la fecha en que Reparaz convocó a los civiles: el 19 de julio, según la cuartilla, el 20, según su libro. Reparaz no menciona que Pablo Iglesias le reprochara la presencia de civiles en el cuartel. ¿No lo recuerda, cuando da tantos detalles de los hechos? Lo más que admite Reparaz en la tarde del 19 es la recogida de armas por los guardias y de dinamita por “hombres” de su confianza. En la madrugada del 20 dice haber pergeñado su plan de concentrar a los guardias en Andújar, incompatible con albergar paisanos en el cuartel. Sitúa ese día su viaje a Jaén y, por la tarde, el incidente en la calle para evitar un “motín”. Sólo después de ello y de las llamadas de autoridades civiles de Jaén, convocó a la gente, pero al encontrar sólo 12 útiles frente a los 250 que necesitaba, “desistió” de proclamar el estado de guerra. Ni menciona que no tuviera espacio para alojarlos. Otro punto: sólo después de convocados, y de que sean pocos, cae en la cuenta de que no tiene municiones. ¿No acaba de decir que los guardias requisaron 500 armas? ¿No requisaron munición?

Ahí va el texto de la cuartilla -anónima y sin fecha, el redactor debía ser consciente de lo espinoso del asunto- y el amplio relato que de esos primeros días hace luego Reparaz en su libro]

El día 19 de Julio de 1936, requirió el Capitán de la Guardia Civil el auxilio de personas de derechas para que auxiliaran y tomaran parte en la defensa de Andújar. Al Cuartel de la G.C. fueron llegando vecinos de esta desde las once del día y allí se congregaron Luis Barberán, Juan Montoro, Luis Rodríguez Moyano, José Martínez, Vicente Ortí, Manuel Ortí, Francisco Calzado, Fernando Calzado, Jesús Amat, Bernardino Martínez, José Simón, Pedro Benítez Mafre, José Ortí Acuña, Gabriel Ortí Acuña, Luis Oliver y muchos más. Estuvieron allí todo el día. Por la tarde la Guardia Civil salió del Cuartel y hubo tiroteos con los revoltosos marxistas, muriendo tres de ellos. Inmediatamente se volvieron al Cuartel.

Hubo una conferencia con el Teniente Coronel de la Guardia Civil de Jaén que dijo estaba enterado de que en el Cuartel había muchos paisanos. Reparaz lo negó. El Teniente Coronel dijo que él mismo lo comprobaría antes de las doce de la noche. Los paisanos se escondieron en unos vanos altos, pero como era mucha gente, se temió se hundieran y el Capitán Reparaz los mandó a su casa. La fuerza se quedó en el Cuartel y no volvió a salir a las calles.

El día 19 comenzaron en Andújar las guardias en los puntos de salida, las requisas de coches, las rondas que circulaban armadas de escopetas y otras armas, las bandas de milicianos camino de la Sierra y la llegada a Andújar de muchos camiones procedentes del campo, Sierra y otros puntos, mandados recoger por los dirigentes. Lo demás fue el proceso rojo que todos conocemos con sus frentes populares, etc. etc.

El día 18 de Julio se notó por la noche alguna efervescencia, pero nada hubo en la calle. Aquella noche organizaron los marxistas el plan del día siguiente que queda detallado

[Precisiones: dos de los congregados en el cuartel, Francisco Calzado García y Fernando García, aparecen, junto con un tercer hermano, Luis Calzado García, como las primeras personas “encarceladas durante el dominio rojo por razones políticas o terroristas”, con fecha de ingreso 23 de julio de 1936 y traslado a Jaén el 29 de octubre, 1007_1_043.

El 30-7 aparece como asesinado en la calle Naranjos, por disparo, Bonifacio de la Fuente Gómez, natural de Castillo Váez (Burgos), de 59 años, profesor, 1007_1_031.

El 31-7 aparecen como asesinados Carlos Barberán Juan (59 años, propietario, en la calle Conde de Gracia Real; debe ser el padre del primero que aparece entre los congregados en el cuartel), Francisco Garrido Lara (33 años, propietario) y José Alzaga Nadales (46 años, médico; ambos en la calle Naranjos) 1007_1_029]

[Versión del libro de Reparaz, p. 36]

Acercábase, sin que nosotros conociéramos la fecha exacta, el instante de la insurrección nacional. Los guardias estaban ganados totalmente para la causa. Yo lo había comunicado así a quienes iban a ponerse al frente del Movimiento liberador.

Las primeras noticias del alzamiento en Marruecos conmocionaron los espíritus. Para unos, para los revolucionarios anti-españoles, era aquel el momento de aplastar al “fascismo” -estúpido “slogan” indescifrable para aquellos analfabetos-, y para nosotros, los revolucionarios pro España, era el trance decisivo para continuar la Historia de la Patria.

Pronto supe, el día 18, que en Jaén faltaba el mando de la Guardia civil, y que el comandante militar -el pintoresco teniente coronel Jefe de la Caja de Reclutamiento- tampoco se sumaba a nosotros. Faltaban también Almería y Málaga. En Córdoba, los guardias de Asalto, mandados por un capitán traidor, resistían contra el Ejército en el edificio del Gobierno civil. Un cañonazo disparado a tiempo terminó con la defensa.

[Todo esto ocurrió en la tarde del 18, según http://bloghistoricodejoaquin.blogspot.com/2008/11/el-18-de-julio-en-crdoba.html]

(p. 37)

Por otra parte, el gobernador de Córdoba no había armado, a pesar de la consigna de Madrid, a las masas del Frente Popular.

España triunfaba en Sevilla, en Cádiz, en Granada, en Córdoba… A mí me llamaron por teléfono desde Córdoba.

Vi cómo las masas enormes, armadas desde hacía mucho tiempo, preparadas a fondo para la matanza y el latrocinio, iban a desbordar la escasas fuerza armada de que en Jaén -en toda la provincia- disponía la causa de España.

A partir de aquel momento, la Guardia civil iba a escribir la más gloriosa, quizá, de sus empresas. Y yo, sin saberlo, cumpliendo estrictamente mi deber de español y de guardia civil, iba a colaborar en la magna epopeya…

(p. 39)

CAPÍTULO III

Aislado en Andújar.- Ni efectivos humanos ni armamento.- Consigo que no se asesine a ningún español no perteneciente al Frente Popular. Causo siete muertos a los anarco-marxistas. La única solución: avanzar hacia Córdoba y fortificar el Santuario.- Las traiciones de un General y de un Teniente coronel que se llama Pablo Iglesias. Aparece Miaja con su Estado Mayor y columna.

Desde el cuartel supe que el Jefe Local de Falange Española de las J.O.N.S., José Abela, por quien sentía la vivísima simpatía que me inspiraban la organización y su Jefe, José Antonio Primo de Rivera, iba a ser asesinado. Al conocer, por mis confidencias, la noticia, me impuse el deber de no consentir ninguna tropelía en las personas y haciendas. Para evitar la colisión forzosa, entre la fuerza y las masas, avisé a José Abela para que huyera, rumbo a Córdoba, si le era posible.

Abela, falangista de la guardia primera, me escuchó. Salió del pueblo. Poco después iban a buscarle para realizar el asesinato proyectado. Abela en Andújar, era la encarnación del “fascismo”.

(p. 40)

El lector ha observado la referencia que hago a la llamada que desde Córdoba me hicieron el día 19. A las tres de la tarde, mientras nuestra zozobra estaba pendiente del paso del Estrecho por mis camaradas de armas, por las fuerzas que yo conocía y amaba después de una larga campaña africana, me llamó el Capitán Ponce de León, Ayudante del Tercio de la Guardia civil.

[Recuérdese que, según la cuartilla, desde las 11 de la mañana de ese día 19, Reparaz había congregado a los elementos de derechas en el cuartel]

Conversación escueta. Emocionante. Con laconismo de parte militar de operaciones.

-Tú -me decía el compañero desde el despacho oficial de Córdoba-, estás con nosotros. ¿Me equivoco?

-Yo hago honor a mi uniforme y a mi calidad de español. Estoy al servicio de la gran España. Por esto, me tenéis a vuestro lado.

-¿Y el resto de la provincia?

-Puedo decirte que Úbeda y yo, constituimos una sola unidad, en cuanto a la adhesión fervorosa y sin límites.

Nuestra despedida a través de los hilos telefónicos, tuvo un carácter simbólico. Yo había oído, a mis amigos falangistas, repetir, con frecuencia, su consigna capital: ARRIBA ESPAÑA.

Pero jamás había oído el grito comunicado a través del teléfono. Mi compañero de armas y de Cuerpo, se despidió de mí, con la voz de aliento creada por José Antonio Primo de Rivera.

-ARRIBA ESPAÑA- respondí con un calofrío de emoción, comparable tan sólo al sentimiento que producen las voces de ánimo que en tierra africana se dan al entrar en fuego.

(p. 41)

Entre tanto, la multitud armada, iba y venía por Andújar y por los pueblos cercanos. Marea tumultuosa, pleamar aborrascada, que parecía iba a romperse contra los muros del Cuartel. Este era como una caracola marina, y el eco furioso resonaba en el interior, donde yo me hallaba al mando de 14 guardias. Mi compañía se formaba de 140 números, pero se hallaban desparramados por los puestos de la zona de Andújar.

Catorce guardias, que eran catorce españoles de primera clase. Me explicaba yo en aquellos momentos el aplomo militar de nuestros conquistadores y de nuestros guerrilleros. Catorce hombres disciplinados, dispuestos a morir cumpliendo su deber, y con la sonrisa estoica y mácula de quienes nos legaron el gran patrimonio de la Historia española, me servían, aquel día, como un regimiento de hombres de fe. (…) Mi guerrilla acaso no se lanzara al monte, pero íbamos a comportarnos como una auténtica guerrilla, primero, en el interior de Andújar, tutelada por los manes rojas, colonia bolchevique, reducto anti-español. Y después, si Dios no nos desamparaba, en los caminos blancos, con la franja verde olivarera, que nos separaban de Córdoba…

Cuatro de la tarde. Mi plan iba bosquejándose. Me metí en el despacho y redacté el bando declarando el estado de guerra. Obtendría copias con la máquina de escribir, y un piquete saldría a proclamarlo, leerlo -respaldado por los fusiles- y fijarlo.

Proyectaba dividir la vigilancia de Andújar en zonas. Aunque yo no tenía gente disponible, mi propó-

(p. 42)

sito era concentrar a todos los guardias en la cabecera de la compañía. Sabía -la experiencia de Asturias me sirvió de mentora- que dos o cuatro guardias, ante el populacho armado, múltiple y enardecido, servirían solamente para ofrecer nuevos nombres de mártires a la cuantiosa lista que posee la Guardia civil. Luego me ocuparía de la defensa.

Pero había que realizar una labor simultánea. Las gentes del Frente Popular se encontraban en un momento de organización de la barbarie. Como en el pueblo no había resistencia a la horda roja, y desconocían la actitud de la Guardia civil, descuidaron la requisa de las armerías. Yo decidí adelantarme.

Los guardias me trajeron 500 armas, la mayoría largas, de las armerías. Las metí en el cuartel. Y envié un camión con hombres de mi confianza, a recoger la dinamita que se empleaba en el ferrocarril Córdoba-Puertollano. La dinamita fue lanzada al río inmediatamente. En el cuartel no podíamos tenerla. Ya explicaré el motivo. Fue una corazonada.

Ocho de la noche. Rumor en la calle donde se hallaba emplazado mi cuartel. Voces. Gritos. Vivas a la teoría internacional que preside a los rojo-separatistas.

Ordené que se abriera la puerta. Vi una manifestación tumultuaria, con banderas rojas y hoces y martillos. Vi un bosque de puños en alto. “La Internacional” y “La Joven Guardia” cantadas a coro.

Al frente, el alcalde socialista de Andújar, Pablo Colomé, con el que yo había tenido corta relación, obligada por mi mando y por las facultades de él, que disponía del orden público, según atribuciones confe-

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ridas. Este Colomé tenía -quizá viva aún cuando este libro aparezca- una catadura cabal de hombre degenerado, moral y físicamente. Débil, esquelético, sarmiento recomido por el sol andaluz y por las malas pasiones del ánimo, era un “chequista” de tierras del Sur, adecuado a la norma de la Revolución anarco-marxista. Cauto, socarrón, con estilo de ofidio, Colomé era peligroso, pero menos, sin duda, que sus compañeros de embajada: “el Mezquita” y el apodado “el Sastre”.

“El Sastre”, hombre inteligente, dotado de agudeza, hubiera sido un tipo aprovechable para el honesto servicio de la Patria. Sus cualidades naturales, excelentes, se aplicaban al mal. Tengo la seguridad de que “el Sastre” indujo a Colomé a venir, en embajada, al cuartel.

Recuerdo totalmente la conversación. Me saludaron correctamente:

-¿Cómo está usted, capitán?¿Quiere venir con nosotros al Ayuntamiento?

Les vi a ellos y vi a la multitud que se apiñaba en la calle.

Prosiguieron, sin darme tiempo a reflexionar.

-La fuerza pública debe estar hermanada con el Frente Popular. Por esto queremos que venga usted con nosotros al Ayuntamiento.

En el espacio de un segundo -milagro de la voluntad tensa, aplicada a una finalidad sacrosanta- intuí lo que ocurriría si me negaba. Mi fuerza era escasísima. Los guardias podían ser sitiados y comenzarían los asesinatos, la barbarie que se anunciaba hacía meses. Los guardias de los puestos perecerían.

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-Espérenme unos minutos. En seguida soy con ustedes.

Fui a mi pabellón. Me vestí la guerrera. Salí con ellos. A los guardias, antes de marchar, les di instrucciones.

Caminamos por el pueblo hasta el Ayuntamiento. Muchos balcones permanecían cerrados. Desde otros, abiertos, nos saludaban las gentes con el puño en alto. Era como un anticípolis de la cercana tragedia.

En el Municipio, desde un salón, me sorprendí al ver el patio de la Casa Consistorial. Puños en alto. Seiscientos hombres. Sombreros de paja. Chaquetillas blancas. Aquello parecía una partida de bandoleros mejicanos del tiempo de Pancho Villa. Era una encerrona.

El alcalde salió a la ventana. Me pidió que compareciera, a su derecha. Accedí.

Colomé empezó el consabido discurso de tono demagógico.

-“Camaradas: Aquí está la representación de la fuerza pública, que se halla hermanada con el pueblo en la tarea de defender a la República y a la Revolución social contra el ataque de los facciosos. Vosotros y yo esperamos que la Guardia civil se sume a nuestra causa y que sea uno de los sostenes del régimen de justicia y de libertad que ha de obtenerse con la derrota del fascismo”.

En este tono continuó el alcalde su arenga, y, al terminar, ovacionado, me hizo, delante de aquellos energúmenos, la invitación de que yo hablara.

No vacilé. Les hablaría. Y les diría la verdad.

-“La fuerza pública piensa como yo. Nuestro de-

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ver nos obliga a defender las vidas y la propiedad. No toleraré desmanes, ni de las derechas ni del Frente Popular. El que los cometa, habrá de atenerse a la sanción rápida y enérgica de la Guardia civil.”

Vi, en el gesto único de aquella muchedumbre, que mis palabras no la habían satisfecho. Tampoco Colomé y sus compañeros sentían complacencia después de mis frases. Me acompañaron, sin embargo, hasta el cuartel, donde los guardias comenzaban a impacientarse.

Nueve de la noche. El teniente coronel, jefe de la Guardia civil en Jaén, era Pablo Iglesias. El lastre del nombre explica, para los curiosos aficionados a la ciencia de Freud, la traición a España de ese ex guardia civil. Pablo Iglesias fue, en verdad, un perfecto judío burgués, como afirmaba con su violencia habitual, Ramón del Valle-Inclán. Pablo Iglesias, falso asceta, indignante simulador de austeridad, carroña condenada por sus mismos afines, es uno de los -utilicemos la frase validada por el uso- “timos” del marxismo.

Pues bien: el teniente coronel Pablo Iglesias, hombre obtuso, incapaz de grandeza espiritual, no sentía, empero, la influencia del nombre propio ni del primer apellido. Prestaba servicio en la Guardia civil, como hubiera podido dedicarse a la vigilancia de matuteros en un fielato municipal. Cazurro, tenaz, era una de las excepciones desagradables en una gran Institución.

Pablo Iglesias, en 1934 y en Guipúzcoa, donde ocupaba el mismo cargo que en Jaén, había expresado, con palabras y con actos, que la única política posible en España era el exterminio total de todos los marxistas y anarquistas, de los republicanos de izquierda y

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de los separatistas. La vista de un “carnet” de cualquier sindicato le exasperaba. Y pedía inmediatamente, la pena capital para el que lo poseyera.

En Mondragón, Eibar, Pasajes e Irún, los extremistas debían recordarle perfectamente. Cuando se reanudó la actividad pública extremista, y aún antes, en los impresos clandestinos, lo menos que le llamaban a Pablo Iglesias era asesino. Sin motivo, desde luego, porque él se limitó a hablar y a ordenar, desde el despacho del Gobierno civil, en unión del gobernador, teniente coronel Emeterio Muga, represiones estúpidas y brutales, incompatibles con el reglamento de la Institución. Represiones que no se hicieron, aunque los extremistas abultaran los sucesos.

Este Pablo Iglesias, miembro distinguido de la piara de Epicuro, sintióse, en Jaén, bolchevique “enragé”. Desde la Comandancia -puesta a las órdenes incondicionales del Frente Popular- se dedicó a llamar a los puestos de la Guardia civil. Pretendía Iglesias que se entregaran las armas en los Ayuntamientos, lo cual equivalía a regalarlas al Frente Popular.

Me llamaron desde el puesto de Arjona. Después de comunicarme la noticia, les pregunté:

-Ustedes, ¿qué respondieron?

-Nada, en concreto.

-Pues entonces, cuando les vuelvan a requerir, respondan que, por orden mía, hace días que enviaron las armas al cuartel de Andújar.

Inmediatamente llamé a todos los puestos restantes y les transmití igual consigna. Los guardias me respondían con fervor. Aproveché la coyuntura para advertirles que estuvieran preparados, ellos y sus familias, a

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fin de concentrarse en Andújar. Seguía yo planeando mi propósito de resistencia, de evasión o defensiva.

[MADRUGADA DEL DÍA 20 DE JULIO]

Doce de la noche. Sonaba el teléfono. Un guardia al aparato.

-Mi capitán, le llama a usted el teniente coronel Iglesias.

Desde Jaén, el “insigne jefe”, me preguntaba.

-¿Tiene usted las armas de los puestos?

-Sí.

-Pues es urgente que las entregue. Son necesarias a la causa de la República.

-Quedo enterado. Voy a disponer una clasificación.

-Viva la República.

-A sus órdenes -contesté, con un trémolo de indignación irreprimible. Entrábamos en la madrugada del día 20. el perfil de tragedia que dibujaba a Andújar se transformó, por unas horas, en chafarrinón de comedia grotesca.

A las dos de la madrugada se presentaba en mi cuartel el general de la Guardia civil Núñez Llanos, que venía de Madrid. Estaba destinado en Córdoba. Valetudinario de cerebro, constante solicitador de mercedes, reputábasele como hombre incapaz de gestos gallardos. Yo no conocía su actitud. Teníale yo clasificado entre los indecisos de primera hora y entre los entusiastas de última. Es decir, de la hora del triunfo.

Había yo pensado abrir un boquete por Villa del Río y pasarme a Córdoba con los guardias de todos los puestos. Mas, pocos minutos antes de la visita del Ge-

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neral, habíanme comunicado que en Villa del Río, guarnecido por siete guardias, se hallaba concentrada una masa de 4.000 paisanos armados. Por esta razón, renuncié a pasarme por aquella localidad. Si los rojos nos sorprenden -pensé-, o nos fusilan o nos obligan a acompañarles. No tendremos ninguna posibilidad de entablar combate con ellos.

-Me voy a Córdoba, capitán Reparaz -me dijo el general.

Yo, ignorando la actitud de mi superior, le advertí:

-No podrá usted pasar por Villa del Río.

-Pero es indispensable que yo vaya a Córdoba -insistió, tozudo.

-Con su permiso, mi general, me decido a aconsejarle. Creo que lo mejor es que se vuelva usted a Madrid. Allí será más útil. Su cargo y autoridad pueden servirnos desde la capital.

-No sé, no sé -me repuso el que yo calificaba de indeciso.

-De todas maneras, lo mejor es que consulte a Pozas.

Desde mi teléfono llamamos al inspector de la Guardia civil, el traidor integral Pozas.

Púsose al aparato, en el Ministerio, el comandante Naranjo Limón, jefe de Estado Mayor del fenecido Ejército de Vizcaya [ Antonio Naranjo Limón. Era comandante de la Guardia civil, ayudante del general Pozas cuando este fue Ministro de la Gobernación, más tarde fue nombrado jefe de la sección de Organización del EM vasco. Escapó a Francia y fue expulsado del ejército republicano en marzo de 1938 (http://www.sbhac.net/Republica/Personajes/Militar4/Militar4.htm).]. Naranjo Limón era el adecuado acompañante de Pozas, que le distinguía con su confianza. Fue el ex comandante, el delator del 10 de agosto, el principal traidor. El “comandante refresco”, como se le denominaba humorísticamente en los cuartos de bandera, dio la siguiente orden:

-Vaya usted, general, a Villa del Río. Allí se pone

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usted al mando de la gente y tome usted Córdoba en seguida.

El General Núñez me informó de la conversación. Yo me decidí a jugármelo todo.

-No puede ser, mi general; eso no puede ordenarlo nadie que vista este uniforme. ¿Sabe usted que le mandan que dirija una horda? Creo que no han podido decírselo.

-Quizá tenga usted razón, Reparaz. Soy un poco sordo.

Me reí interiormente. Estaba claro que el general no se sentía con arrestos para emprender una acción militar.

Convinimos, que al llamar otra vez a Madrid, me pusiera yo al aparato, para compensar la “sordera” del general.

Púsose de nuevo al teléfono Naranjo Limón. Era éste uno de mis enemigos acendrados, y tenía yo muestras sintomáticas de su enemistad. Compuse la voz y le pregunté qué debía hacer el general.

-Ir a Córdoba, y tomarla. Usted irá con él. A ver si hoy mismo, a media tarde, me llama usted desde Córdoba, y puedo enviarle un abrazo, como leal defensor de la República.

Eran las cinco y media de la mañana. Yo, disciplinado siempre, respetuoso de la jerarquía, estaba dispuesto a dispararle un tiro certero al General. Con muchísimo respeto, como en el drama de Calderón.

-Esto hay, mi General. Pero yo creo que la columna para tomar Córdoba, es mejor organizarla en Jaén. Debe usted ir allí.

Vacilaba el General. Yo le apremiaba. En unos

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breves minutos, se estaba decidiendo la vida o la muerte de Núñez Llanos.

Por fin, me dijo:

-Sí, tiene usted razón. Pero hace falta que venga usted conmigo.

No lo dudé ni un instante. Mi empeño era ganar unas pocas horas. Si el General volvía de Jaén con una columna, ya me encargaría yo de deshacerla. Concentrando a mis guardias, dispondría de hombres capaces de un gesto heroico.

Antes de salir, en mi coche, llamé a mi segundo, el Teniente Ruano.

-Cuando calcules que he llegado a Jaén, me llamas a la Comandancia y reclamas mi presencia urgente. Inventa tú el pretexto.

Llegamos a Jaén. El camino lo hicimos, entre el sonsonete de las lamentaciones del General.

-¿Para qué se habrá sublevado el Ejército de África? Con los tranquilos que nos hallábamos.

Confieso que en más de una ocasión estuve tentado de sacar mi pistola y terminar con la vida de mi acompañante. Ni la Patria ni el deber le dictaban un gesto noble. Para Núñez Llanos, el generalato, era como un limbo.

A los veinte minutos de la llegada a Jaén, el Teniente Ruano me llamaba desde Andújar. No recuerdo qué pretexto inventó.

Me dirigí al General:

-El Teniente Ruano, que es de nuevo ingreso, y carece de experiencia, me reclama desde Andújar. La gente está muy excitada y hay que apaciguarla.

-Váyase, váyase, Reparaz. Hasta después.

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Volví a Andújar a las once de la mañana. Dí órdenes para que se acelerara la concentración de guardias y familias. Y me dispuse a esperar, si salía de Jaén, a la columna del General.

A las tres y media de la tarde, las masas, amotinadas, se disponían a asaltar la casa de dos titulados “fascistas”, el médico forense señor Sánchez y el juez municipal señor Garzón.

Ordené formar a los guardias y grité:

-Arriba España.

Salimos del Cuartel desplegados, y con los fusiles montados. Las dos casas se hallaban en la misma calle. En ésta había unos trescientos hombres, armados de escopetas y carabinas, con las que disparaban contra los inmuebles.

Dí los gritos de atención. Iba a dirigirme a los amotinados, pero un nuevo disparo hecho contra las casas me obligó a gritar:

-¡Fuego!

La descarga ocasionó la muerte de seis amotinados e hirió a otros. El motín quedaba sofocado.

Los heridos fueron curados por el mismo médico a quien iban a asesinar. Volví al Cuartel, y llamé por teléfono al Ayuntamiento, para que enviara la ambulancia a recoger los muertos.

La única baja entre los guardias, fue la de uno al que se hizo necesario amputar tres dedos de una mano.

Minutos después me llamaba -por teléfono- el Alcalde.

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-La Guardia civil ha luchado contra el pueblo y ha causado víctimas. Yo declino mi responsabilidad.

-No me importa. Advertí ayer que cortaría todos los desmanes, vinieran de donde vinieren, y he cumplido mi palabra.

-Pero en lo sucesivo…

-En lo sucesivo -respondí- habrá que añadir ceros a la cifra de hoy, si los desmanes se producen de nuevo.

A la hora de esta conversación, desde Jaén, me llamaron sucesivamente el gobernador civil, Pablo Iglesias, y los diputados marxistas Pasagali y Peris.

-Usted no puede ordenar represiones. El pueblo es dueño de sus destinos, y los alcalde son los delegados de orden público.

-Pero mi Reglamento me ordena defender vidas y haciendas.

Aquella misma tarde, el alcalde publicaba un manifiesto, afirmando que elementos fascistas provocadores, se habían infiltrado entre el pueblo, para enfrentar con éste a la fuerza pública. Terminaba -oh sagaz y cobarde Pablo Colomé, asesorado por el más sagaz y más medroso “Sastre”- diciendo Viva la República. Viva la Guardia civil.

Pero los seis muertos pertenecían al Frente Popular. Y al Frente Popular pertenecía un comunista, habitante en una casa inmediata al Cuartel, que murió aquella noche, a consecuencia de un balazo en la frente. Se le había conminado a que apagara la luz de su casa, y no obedeció, insultando, por el contrario, a los guardias.

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Y del Frente Popular eran las armas que los amotinados dejaron en su huida y que nosotros transportamos al Cuartel.

Llegaron quince guardias de varios pueblos de mi compañía, con sus familias. Yo veía que la situación sería insostenible muy pronto. Volví sobre mi propósito del día anterior. Debía proclamar el estado de guerra. Pero necesitaba más gente. Acudí a la población civil leal. Andújar, que como ya se ha dicho, contaba treinta mil habitantes, no me dió más que veintitrés personas.

Y aun de éstas, había que hacer la selección natural. Unos, tenían entusiasmo, pero su edad no les permitiría resistir. Otros, eran gente que desconocía el manejo de las armas. Los hombres hábiles para el choque y la lucha, eran doce. Me hacían falta doscientos cincuenta, para los servicios de custodia de teléfonos, correos y telégrafos, estación del ferrocarril, central eléctrica, etc., sin contar los que se necesitarían para la defensa de la población.

Carecía también de municiones. Tenía dos cajas, que llevaban dos años en el Cuartel, de municiones para fusil, y ocho bombas de mano. Dinamita no podía tenerla. La aviación de Córdoba, que voló sobre Andújar, me lo demostró. El Cuartel estaba al lado del Ayuntamiento. Este era objetivo militar. Y aunque nuestros aviones descendían al volar sobre el Cuartel, y parecían saludarnos, en el caso de ser hostilizados, desde la Casa Consistorial, hubieran bombardeado. Pereceríamos todos.

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Desistí de proclamar el estado de guerra. No podía llevar aquella gente a la catástrofe. Era menester reunir más hombres. Mi compañía al menos. Mis 140 hombres.

Mientras tanto, me preocupaba la defensa y avituallamiento del Cuartel, es decir, de los dos cuarteles de Andújar, porque en uno estaba la Infantería y en el otro -eran pequeños- la Caballería. Recuperé a siete guardias que estaban de tránsito con permiso. Organicé un servicio de compra de víveres. Estábamos encerrados, con el enemigo en las calles, enemigo que no se decidía al asalto, que en su ser interno deseaba ardientemente.

En estos momentos, de Villa del Río, llamaron desde el puesto a Pablo Iglesias.

-Mi teniente coronel estamos incomunicados con Córdoba. ¿Qué hacemos?

-¡Ah! Ustedes pertenecen a otra provincia. Yo no tengo nada que hacer en este caso.

Villa del Río era puesto fronterizo, pero dependiente de Córdoba.

Me llamaron y repliqué:

-No me importa que pertenezcan ustedes a otra provincia. Ustedes visten mi uniforme. Ahora irán a buscarles.

Envié un camión, custodiado -casi me quedé sin fuerza.- y los guardias de Villa del Río, con sus familias, se incorporaron a nosotros con todo el armamento.

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las noticias que me traían eran desastrosas. El populacho se había adueñado de aquella comarca.

En aquellas horas, las más trascendentales de mi vida, algún episodio pintoresco alteraba la tensión dramática. Las mujeres de los guardias iban a la compra. Salían del Cuartel, y al llegar a la esquina, miraban si yo me hallaba en el balcón. Si no las veía, se colocaban lazos rojos en el pelo. Ellas, españolas abnegadas, para adquirir víveres, tenían que seguir el rito. Y al volver al Cuartel, desde la esquina misma se quitaban las insignias.

Durante la noche, oía yo al General Queipo de Llano y la emisora de Radio Club Portugués. El optimismo rezumaba de los micrófonos. Escuchaba yo las radios amigas, desde el Cuartel de Caballería. En el que yo tenía mi pabellón, no me era posible oír con discreción la radio. Me encerraba en un pequeño cuarto y al volver a mi cuartel, las mujeres que dormían en patios y corredores con sus hijos, se sentaban al lado de la cabecera de éstos y oían las noticias que yo les daba. Todo lo soportaban, con la gran entereza de la Institución. En un cuartel capaz para doce guardias y sus familias, dormían 100 mujeres y 300 niños.

-¿Vendrá pronto la columna nuestra, Capitán? -me preguntaban.

Mi pabellón lo cedí para albergue de tres señoritas, pertenecientes a Falange, y que habían salido de sus casas con la ropa que llevaban cuando las advertí del peligro que las amenazaba. Una de ellas, Rosario García, magnífica figura de mujer española, potencia admirable de esposa, me llamó desde la casa de unos ami-

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gos, donde se había refugiado cuando las hordas quisieron asaltar la suya.

Vino al Cuartel, donde tenía familiares, los del Teniente Ruano. Fue Rosario, la Samaritana de todos nosotros, y en ninguna ocasión decayó su fe y su valor.

En mi propio lecho, dieron a luz las esposas de dos guardias civiles. Yo fui el padrino. Mientras tanto, yo dormía en un sillón de mi despacho, con la guerrera por almohada. Y los guardias se comportaban ejemplarmente. En los dos cuarteles de Andújar, vibraba España inmortal, a través de la Guardia civil.

Un día, hacia el 15 de julio, el Teniente Ruano y yo habíamos ido a visitar el Santuario de la Virgen de la Cabeza, que se halla a 29 kilómetros de Andújar. Me impresionó aquel día, la majestad agreste, imponente, del Santuario. No pensé en su línea militar, ni en la posición favorable que para una larga resistencia representaba.

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Quién sabe si las oraciones de mi madre, distante, lejana, separada de mí por barreras de fusiles y de seres enloquecidos, me sugirieron el propósito de convertir el Santuario en fortaleza. Veía yo lo difícilmente accesible del monumento que la piedad andaluza había dedicado a la Madre de Dios. La primera trinchera habría de ser Lugar Nuevo, Palacio de los Cayo del Rey, que se encuentra inmediato al Santuario. Pretendía también aprovechar el servicio que el paisaje y el clima podían prestar a unos españoles dispuestos a vender cara su vida. La experiencia de África me servía en aquel momento. El Santuario era un maravilloso blocao. Unas docenas de fusiles podían contener los asaltos de la turba, sin sentido militar, sin Fe. Sin FE en Dios y sin FE en España. Sin la F.E. -iniciales de la Falange- que movió a los Cristianos de las Catacumbas, y nos dio, como primer soldado, a Santiago.

Cortados los caminos por las hordas, reducido a defenderme en tierra jienense, se me ocurrió, en un instante feliz, trasladar a las familias de los guardias, con una protección de parte de éstos, al Santuario.

Mi plan lo consolidé en unas horas. Había que pertrechar el Santuario de armas y víveres. El agua no

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faltaba. Una ventaja más -pensé- sobre los blocaos africanos.

Pretendía después, dejar una pequeña guarnición en el Santuario; dividir la fuerza que me quedase disponible, en cuatro grupos, que sin perder el contacto, avanzarían hacia Córdoba.

Habría de traer a todos los guardias, excepto a los de Porcuna y Lopera. El camino de Andújar a Córdoba, era como una línea, en cuya mitad se hallaba Villa del Río. Yo pensaba avanzar, y que Porcuna y Lopera me protegieran los flancos, y se unieran a la retaguardia. Conseguía con esto que no se alarmaran en la comarca, y poder pasar con un relativamente buen efectivo, al lado de Villa del Río.

[SALTA DE LA NOCHE DEL 20 AL 28 DE JULIO ¿no pasó nada en tan trascendentales días?]

La carretera a Córdoba la dejé libre, en mi plan. No tenía yo fuerza para impedir -salvo en un caso deseperado, como el de la columna, que no venía, del general Núñez Llanos- el tránsito.

El día 28 de julio, los guardias que yo tenía de servicio en una torre, con bombas de mano, dominando el cuartel y la población, vieron pasar camiones con banderas rojas, y símbolos de la F.A.I. y del marxismo, cargados de fusiles.

Me dieron la novedad. Poco después supe que eran 2.000 fusiles, procedentes del asalto al Cuartel de la Montaña de Madrid y 250 pistolas ametralladoras Schmeiser, maravilla de la mecánica.

En aquel momento disponía yo de 85 a 90 guardias, y tenía a sus familias bajo mi protección.

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[29 DE JULIO]

Y al día siguiente, a las tres de la tarde, entraba en Andújar una fuerte columna, con Estado Mayor completo. A todos nos sorprendió la llegada. La desconocíamos en absoluto. La columna la mandaba, y con ella venía, el general rojo Miaja.

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