Juicio de La manada: La idolatría del consentimiento La sentencia y el propio juicio a La manada evidencian la aberración de basar el derecho en un consentimiento idolatrado al margen del bien propio de la naturaleza

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En mi modesta opinión, el juicio y sentencia de La manada ha dejado en evidencia las contradicciones del derecho positivista, que idolatra el consentimiento, llegando al absurdo de reducir un juicio de bondad o maldad, una absolución o una condena, a la decisión de si son muestra de gusto o de aborrecimiento los gemidos de una persona de la que se duda si está siendo violada, o abusada, o se están pasando un poquito con ella, o está gozando del sexo en compañía de una manada de orcos.

Si alguien dice en inglés fuck you!, se puede traducir casi indistintamente por jódete o que te jodan. La diferencia, desde el punto de vista del derecho (positivo) es esencial, pues con lo primero no pasa nada, suponiendo que eres tú (jódete) el sujeto que consiente; mientras que en el segundo caso, los que te follan (con perdón, pero de esto se trata) sin tu consentimiento, son criminales.

El sentir común (en la medida en que lo haya), utiliza casi indistintamente esas dos expresiones, ambas muy malas, porque consisten en desear un mal: el de tener relaciones sexuales indignas de la persona humana, al margen de que sean placenteras o dolorosas, incluso consentidas o no consentidas. Es decir, el sentido común percibe lo que no percibe el derecho positivo (y positivista, porque niega toda realidad más allá de la voluntad del ser humano, es decir, que nuestra libertad pueda basarse en la naturaleza); percibe que la felicidad no depende solo de un supuesto consentimiento monolítico.

Porque esta es la primera en la frente para el derecho positivista: la evidencia de que también el consentimiento del ser humano es algo frágil. Que puedo consentir al principio, pero no al final; al principio porque me imagino una cosa que luego deriva en otra; o por curiosidad, o por una inclinación fruto de un deseo no razonado… Incluso para una decisión perfectamente meditada cabe el derecho a cambiar, a arrepentirse; pero arrepentirse implica que lo que se ha consentido no es bueno, y el derecho positivo no puede admitir eso, porque es el consentimiento humano lo que hace buenos los actos.

El derecho dice perseguir las relaciones sexuales no consentidas, ignorando lo que hasta las expresiones populares más groseras conocen: que esa relación puede pasar de ser expresión de algo sublime, el amor, a ser lo más humillante e indigno que se hace. Por eso es despectivo decir jódete, y en cambio no lo es decir: haz el amor y no la guerra.

El sentir popular percibe que la dignidad humana tiene que ver con su capacidad de amar y ser amado, y que una de las muchas facetas de la indignidad consiste en tomar el cuerpo, desligado de ese amor que hace del hombre un ser capaz de vivir en familia, y manejarlo para sacar de él algún placer; forma de abuso o violación de la naturaleza y dignidad humana que ni siquiera se expresa bien diciendo que se la trata como parte de un manada, rebaño, piara o cardumen de peces, puesto que los animales no pueden desvirtuar su naturaleza para cometer los crímenes que los humanos sí cometemos.

Discutir sobre si se han de endurecer las penas contra los violadores puede ser interesante, pero no librará al derecho de la miopía que le fuerza a mirar fotograma a fotograma los vídeos que esos malos imitadores de los lobos o los gorrinos mandan por whatsApp, para dilucidar si había o no consentimiento en la víctima. Porque quien se somete a actos indignos del ser humano es una víctima, aunque el matiz de si se jode o le follan sea relevante para que el derecho decida si hay culpables. El derecho no persigue la fornicación o el adulterio; pero cuando además se manifiesta neutral frente a ellos, está dejando desprotegidas a las personas no solo frente a los abusos cometidos por otros, sino frente a su propia fragilidad.

Si todo consistiera en determinar el grado de consentimiento, el sistema educativo no debería estar orientado más que a enseñar a los niños a redactar convenientemente sendos consentimientos informados para todo lo que hagan en la vida; y luego que hagan lo que les dé la gana, siempre que, insisto, sepan prever con qué personas se van a cruzar sus intereses y paren el carro instantes antes del choque, para firmar el conveniente consentimiento y saber quién paga los platos rotos.

Esto no solo es una utopía imposible, sino que la sociedad actúa en sentido contrario: a través de los programas de televisión, los más vistos, los más comentados, fomentamos conductas que chocan con la dignidad humana, pero los dueños de las televisiones a los que financiamos al ver y desear esos programas, al consentir en ellos, no nos advierten de que todo lo que vemos está mediatizado por consentimientos bien informados, y nos lo plantean todo como relaciones espontáneas. Seguramente a los participantes en estos programas no se les hace firmar consentimientos que expresamente permiten que sean violados en grupo (aunque vaya usted a saber), pero sí que LO PARECE: porque se nos hace pensar que estas personas, sin haber aceptado previamente que se las manosee real o virtualmente, una vez dentro del programa y llevados por el río de las pasiones, van pasando de pareja en pareja, o por varias a la vez, etc., etc… Es decir, que eso es lo natural y deseable, que es inocuo, que así es la vida.

Estamos fomentando el comportamiento de personas como las que acaban de ser juzgadas -el comportamiento irreflexivo, irresponsable, indigno, se fomenten o no expresamente esos extremos-, en el que se supone que el consentimiento está al servicio del sentimiento. Y luego cuando algunos de esos salvajillos a los que hemos excitado se olvida de algo que no le hemos dicho (que todos estos programas solo son una farsa ideada para explotar nuestros instintos y que actuemos irracionalmente), es decir, se olvida de que esos actores que parecen ingenuos han firmado un consentimiento… Se entera demasiado tarde de que no se admiten imitadores y aficionados en esto de manosear la dignidad humana.

No es misión del derecho sino de la ética explicar que no solo la falta de consentimiento distingue a las acciones que dañan a la persona. El derecho no puede castigar a quien consiente en algo indigno si eso no tiene trascendencia social. Pero negar la naturaleza humana, para fijarse solo en el consentimiento, y olvidar que este se forma y se deforma en función de lo que la persona conoce o desconoce con su inteligencia, y de lo que juzga en su conciencia con mayor o menor fundamento, implica no ya negarse a juzgar lo que no se puede juzgar (la conciencia), sino negar a las personas su derecho a conocer su propia forma de ser y su dignidad (incluyendo sus debilidades), es negarles el derecho a la educación y a la formación de la conciencia; es una ridícula adulación de una voluntad supuestamente soberana en la mejor tradición de un voluntarismo que igual podemos llamar hegeliano que hitleriano… Es simplemente un engaño, regado por un ambiente social que invita continuamente a la transgresión de toda regla… sin advertirnos de las consecuencias.

¿Qué hacer? Pienso que seguir tratando de educar y seguir confiando en que la naturaleza, débil pero a fin de cuentas presente en todo ser humano, también en nuestros líderes sociales, vaya abriendo los ojos y las duras molleras de nuestros dirigentes sociales… aunque por el camino queden malheridos tantos inocentes que son víctimas de las manadas que surgen al calor de tanta irresponsabilidad.

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