¿Por qué el Evangelio no menciona a los esenios? Los esenios eran el grupo que mejor se preparaba para la venida del Mesías. A él pertenecían la familia materna de María y el apóstol Santiago el Menor

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En las obras de Catalina Emmerich se enumeran tres motivos por los que en el Evangelio no se menciona a los esenios: Primero, porque Jesús no tuvo nada que corregirles (se explica que fueron precursores de la Iglesia y de la vida eremítica y de clausura); segundo, porque Jesús quería evitar que se le identificara con ellos -pues era lo que hacían los fariseos, para provocar escándalo y en definitiva hacer ver a los discípulos de Cristo como gente rara: Cristo afirma que si los esenios viven una vida separada es porque tienen esa vocación, que ciertamente (a diferencia del cristianismo) no es la vocación universal a la santidad en el cristianismo-; en tercer lugar, porque los esenios que no se hicieron cristianos se hicieron paganos, y de algunos que fueron cristianos surgieron las primeras herejías.

Santiago Mata, 23 de abril de 2017

Uno de los grupos judaicos con que los cristianos de los primeros siglos convivieron fueron los esenios. Los cuatro evangelios no nos dicen nada de ellos, por lo que, para conocerles, forzosamente hay que acudir a fuentes externas a la Sagrada Escritura. Entre ellas pueden mencionarse obras cristianas no canónicas pero cercanas en el tiempo, como los evangelios apócrifos, o fuentes no cristianas pero que para lograr éxito imitaban a la Sagrada Escritura, como es el caso de las obras gnósticas.

En la época contemporánea han surgido fuentes que, como los evangelios apócrifos y las obras gnósticas, reclaman para sí cierta inspiración sobrenatural y que, por lo que a nosotros respecta, pretenden aportar cierta información sobre los esenios. Dado que la valoración sobre la inspiración sobrenatural no corresponde a esta investigación, me limitaré aquí a recopilar la información que sobre los esenios aporta una de estas fuentes contemporáneas y a contrastarla con los conocimientos que sobre ellos y su relación con el cristianismo se dan por ciertos.

La fuente que estudiaré es Ana Catalina Emmerick (1774-1824), cuya obra citaré en los 14 tomos publicados por la editorial Surgite! (Todos ellos pueden obtenerse en una misma dirección de internet, por lo que no citaré aquí el título y datos de publicación de cada uno, sino solamente el ordinal que hace cada tomo y la página de la cita), en los que se indica que lo relatado por la beata agustina alemana fue redactado por Clemens Brentano (1778-1842), Bernardo E. Overberg (1754-1826) y Guillermo (Franz Wilhelm) Wesener.

Los esenios en el Tomo 1 de obra de Emmerich
La primera referencia a los esenios en la obra de Emmerich aparece al final del primer tomo (titulado El Antiguo Testamento), al referir que el profeta Malaquías les entregó el misterio contenido en el Arca de la Alianza (XLV, p. 112):
Por medio de este profeta, llegó a los esenios más tarde, y por un sacerdote fue de nuevo al arca hecha posteriormente.(…) El Arca de la Alianza escondida por Jeremías en el monte Sinaí, no fue jamás encontrada. El arca que se hizo después, no fue tan hermosa ni contenía lo que había en la anterior. La vara de Aarón pasó a manos de los esenios, en el monte Orbe, donde también se escondió parte de las cosas sagradas.

Tomo 2
El tomo 2 de Emmerich, dedicado a la Natividad de la Virgen, empieza precisamente con un capítulo dedicado a los esenios, pues de ellos procedía la familia materna de la Virgen (p. 7):
Los antepasados de Santa Ana fueron Esenios. Estos piadosísimos hombres descendían de aquellos sacerdotes que en tiempos de Moisés y Aarón tenían el encargo de llevar el Arca de la Alianza, los cuales recibieron, en tiempos de lsaías y Jeremías, ciertas reglas de vida. Al principio no eran numerosos. Más tarde vivieron en Tierra Santa reunidos en una extensión como de 48 millas de largo y 38 de ancho, y sólo más tarde se acercaron a las regiones del Jordán. Vivían principalmente en el monte Horeb y en el Carmelo. En los primeros tiempos, antes que Isaías los reuniese, vivían desparramados, entregados a la penitencia. Llevaban siempre los mismos vestidos y no los remendaban, no cambiándolos hasta que se les caían de puro viejos. Vivían en estado de matrimonio, pero con mucha pureza de costumbres. A veces, de común acuerdo, se separaban hombre y mujer, y vivían cierto tiempo entregados a la oración. Cuando comían estaban separados los hombres de las mujeres; comían primero aquéllos y cuando se alejaban los hombres, lo hacían las mujeres.
Ya desde entonces había, entre estos judíos, antepasados de Ana y de la Sagrada Familia. De ellos también derivan los llamados “hijos de profetas”. Vivían en el desierto y en los alrededores del monte Horeb. En Egipto también he visto a muchos de ellos. Por causa de las guerras estuvieron un tiempo alejados del monte Horeb; pero fueron nuevamente recogidos por sus jefes. Los Macabeos pertenecieron también a ellos. Eran grandes veneradores de Moisés: tenían un trozo de vestido de él, que éste había dado a Aarón y que les había llegado en posesión. Era para ellos cosa sagrada, y he visto que en cierta ocasión unos quince murieron en lucha por defender este sagrado tesoro.
Los jefes de los Esenios tenían conocimiento del misterio encerrado en el Arca de la Alianza. Los que pennanecían célibes formaban una agrupación aparte, una orden espiritual, y eran probados largamente durante varios años antes de ser admitidos. Los jefes de la orden los recibían por mayor o menor tiempo, según la inspiración que recibían de lo alto. Los Esenios que vivían en matrimonio observaban mucho rigor entre ellos y sus mujeres e hijos, y guardaban la misma relación, con los verdaderos Esenios, que los Terciarios Franciscanos respecto a la Orden Franciscana. Solían consultar todos sus asuntos al anciano jefe del monte Horeb. Los Esenios célibes eran de una indescriptible pureza y piedad. Llevaban blancas y largas vestiduras, que conservaban perfectamente limpias. Se ocupaban de educar a los niños.

En la página 8 se especifica que los esenios participaban del culto del Templo, pero no de los sacrificios sangrientos:
Tres veces al año iban al templo de Jerusalén. Tenían sacerdotes entre ellos, que cuidaban de las vestiduras sagradas, a las cuales purificaban, hacían de nuevo y costeaban su hechura. Se ocupaban de agricultura, de ganadería y especialmente de cultivar huertas. El monte Horeb estaba lleno de jardines y árboles frutales, en medio de sus chozas y viviendas. Otros tejían con mimbres o paños, o bordaban y adornaban vestiduras sacerdotales. La seda no la usaban para sí: la llevaban atada al mercado y la cambiaban por productos. En Jerusalén tenían un barrio especial para ellos y aún en el templo un lugar reservado. Los judíos comunes no congeniaban con ellos. Vi llevar al templo ofrendas como uvas de gran tamaño, que cargaban dos hombres, atravesadas en un palo. Llevaban corderos, que no eran sacrificados, sino que se dejaban correr libremente. No los he visto ofrecer sacrificio cruento.

En la página 9 se concreta su relación con la familia de la Virgen:

En tiempo de Jos abuelos de Ana era jefe de Jos Esenios el anciano Arcos. Este hombre tenia visiones en la cueva de Elías, en el monte Horeb, referentes a la venida del Mesías. Sabia de qué familia debía nacer el Mesías. Cuando Arcos tenía que profetizar sobre los antepasados de Ana, veía que el tiempo se iba acercando. Ignoraba, empero, que a veces se retardaba e intenumpía el orden por el pecado, y por cuánto tiempo era la tardanza. Sin embargo, exhortaba a la penitencia y al sacrificio. El abuelo de Ana era un Esenio que se llamaba Estolano antes de su matrimonio. Por su mujer y por las posesiones de ésta se llamó después Garesha o Sarziri. La abuela de Ana era de Mara, en el desierto, y se llamaba Moruni o Emorún, esto es, madre excelsa. Se unió con Estolano por consejo del profeta Arcos, que fue jefe de los Esenios por noventa años, y era un santo varón con quien siempre se aconsejaban antes de contraer matrimonio, para oír su palabra y acertar en la elección. (…)
Cuando rezaba el superior de los Esenios, por causa de un casamiento, tomaba la vara de Aarón en sus manos. Si la unión se refería a la genealogía de María Virgen, la vara daba un brote y éste varias floraciones con la señal de la elección. Los antepasados de Ana fueron elegidos brotes de esta genealogía, y sus hijas lo fueron por medio de estas señales, las cuales daban otros brotes cuando estaban por contraer matrimonio.

En la página 10 se afirma que Emorún y Estolano se trasladaron de Mara a Efrén, y acto seguido la genealogía de la Virgen y de otras mujeres y hombres que sí aparecen en los evangelios (p. 10-11):
He visto también a sus hijas Emerencia e Ismeria consultar al anciano Arcos, el cual les aconsejó el casamiento porque eran ellas también vasos elegidos para la próxima promesa. La mayor, Emerencia, casóse con un Levita de nombre Afras y fue madre de Isabel, madre, a su vez, de Juan el Bautista. Otra hija de Estolano se llamó Enué. lsmeria fue la segunda hija de Estolano y Emorún. Esta tuvo en su nacimiento la señal que dijo Arcos haber visto en la segunda rosa en su visión de Emorún. Ismeria casó con Eliud, de la tribu de Leví. Eran de condición noble y ricos de bienes. Lo he visto esto en la vasta economía de la casa. Tenían mucho ganado, pero todo parecía que lo destinaban para los pobres y no para sí mismos. Vivían en Séforis, a seis horas lejos de Nazaret, donde poseían una heredad. Tenían una posesión en el valle de Zabulón, adonde iban en los tiempos buenos del año y donde Eliud fijó su residencia después de la muerte de su mujer Ismeria. En el mismo valle se había establecido el padre de Joaquín con su familia. La piadosa educación que había tenido Estolano y Emorún pasó a su hija Ismeria y a Eliud. La primera hjja de Ismeria se llamó Sobe. Ésta se casó más tarde con Salomón, y fue la madre de María Salomé, que se casó con Zebedeo, padre de los apóstoles Santiago el Mayor y Juan. Como no llevase Sobe la señal dicha por Arcos se contristaron mucho los padres y fueron al monte Horeb, a ver al profeta, quien les impuso oración y sacrificio, y los consoló. Por espacio de dieciocho años no tuvieron hijos, hasta el nacimiento de Ana.

En la página 12 se afirma que Joaquín y Ana vivieron conforme a las costumbres esenias:
Joaquín y Ana vivían junto a Eliud, el padre de Ana. Reinaba en su casa la estricta vida y costumbre de los Esenios. La casa estaba en Séforis, aunque un tanto apartada, entre un grupo de casas, de las cuales era la más grande y notable. Allí vivieron unos siete años.

Sobre la época en que santa Ana fue estéril, se nos dice que su marido, al menos después de haber visto rechazada su ofrenda en una ocasión en el Templo por la esterilidad de su mujer, daba un tercio de sus bienes a los esenios (p. 16):
También aquí dividía su ganado en tres partes: lo mejor lo enviaba al templo; la otra parte la recibían los esenios, y él se quedaba con la más inferior.

La existencia de la Virgen habría sido conocida por el profeta Elías, quien habría transmitido ese conocimiento a los esenios, aunque no queda claro si ellos lo transmitieron a los ermitaños de los que surgirían los carmelitas (p. 25-26):

Supo Elías que María debía nacer en la séptima edad del mundo; por esto llamó siete veces a su servidor. Otra vez pude ver a Elías que ensanchaba la gruta sobre la cual había orado y establecer una organización más perfecta entre los hijos de los profetas. Algunos de ellos rezaban habitualmente en esta gruta para pedir la venida de la Santísima Virgen, honrándola desde antes de su nacimiento. Esta devoción se perpetuó sin interrupción, subsistió gracias a los esenios, cuando estaba ya sobre la tierra, y fue observada más tarde por algunos ermitaños, de Jos cuales salieron finalmente los religiosos del Carmelo.

En la página 33, esenios y ermitaños aparecen de nuevo como personajes diferentes, al hablar de las grutas que había en el monte Sinaí en el año 250, cuando se buscó “una capilla murada dedicada a María, en una gruta del profeta Elías”, después de que un peregrino recibiera una inspiración indicando que la noche del 7 al 8 de septiembre era el aniversario del nacimiento de la Virgen:
Vi también que los ermitaños, juntos con el peregrino, escudriñaron la gruta de Elías buscando la capilla murada de María. No era cosa fácil encontrarla, pues había muchas grutas de antiguos ermitaños y de los esenios, entre jardines y huertas agrestes, donde aún crecían hermosas frutas.

En la p. 45 asegura Emmerich haber visto que los esenios estuvieron a punto de sublevarse contra Herodes el Grande:
Había en Jerusalén, en la parte baja de la ciudad, un gran mercado de pescados, que recibía el agua de la piscina de Bethseda. Un día que faltó el agua, Herodes el Grande quiso construir allí un acueducto, vendiendo, para lograr dinero, vestiduras sacerdotales y vasos sagrados del templo. Por este motivo hubo un intento de sublevación, pues los esenios, encargados de la inspección de las vestiduras sacerdotales, acudieron a Jerusalén de todas partes del país y se opusieron firmemente.

En la página 61 se asegura que las maestras del Templo eran esenias, incluida la que se encargó de la Virgen:
La maestra que la cuidaba era Noemí, hennana de la madre de Lázaro. Tenía cincuenta años y pertenecía a la sociedad de los esenios, así como las mujeres agregadas al servicio del Templo.

En la página 66 se afirma que también san José se habría acercado a la religiosidad de los esenios –en concreto de las esenias que educaban a los hijos de los esenios- porque sus hermanos le golpeaban al verle rezar:
En otra época en que podría tener doce años lo vi a menudo huir de las molestias de sus hermanos, yendo al otro lado de Belén, no muy lejos de lo que fue más tarde la gruta del pesebre, y detenerse allí algún tiempo al lado de unas piadosas mujeres pertenecientes a la comunidad de los esenios. Habitaban estas mujeres cerca de una cantera abierta en la colina, encima de la cual se hallaba Belén, en cuevas cavadas en la misma roca. Cultivaban pequeñas huertas contiguas e instruían a los niños de los esenios. Frecuentemente veía al pequeño José, mientras recitaban oraciones escritas en un rollo a la luz de la lámpara suspendida en la pared de la roca, buscar refugio cerca de ellas para librarse de las persecuciones de sus hermanos.

A estas mismas mujeres o sus sucesoras acudiría san José para que ayudaran a la Virgen después de nacer Jesús (p. 124-125):
He visto también junto a la Virgen varias piadosas mujeres que la ayudaban en diversos servicios. Eran esenias que habitaban no lejos de la gruta en una angostura situada al Oriente. Estas mujeres vivían en unas especies de casas abiertas en la roca a considerable altura de la colina. Tenían jardincitos cerca de sus casas y se ocupaban en instruir a los niños de los esenios. San José las había hecho venir porque desde su niñez conocía a esta asociación. Cuando huía de sus hermanos habíase refugiado varias veces con esas piadosas mujeres en la gruta del pesebre. Estas acercábanse una tras otra a María, trayendo provisiones, y atendían los quehaceres de la Sagrada Familia.

La confianza que la Sagrada Familia tenía con los esenios se afirma de nuevo en la página 179, al relatar que, camino de Jerusalén para la ceremonia de Presentación del Niño, se detuvieron un día entero en casa de un matrimonio de dicho grupo, si bien, aparte de motivos ideológicos, había una relación de parentesco:
Al amanecer los vi entrando en la casa pequeña de dos esposos ancianos que los recibieron con todo afecto: estaban a un cuarto de legua de Jerusalén. Eran esenios, parientes de Juana Chusa.

También la madre del Bautista compartiría esa confianza, y así, en la página 210 se afirma que dejó al niño al cuidado de un esenio en el desierto tras huir de la matanza de los inocentes:
Más tarde volvió a su hogar, y un esenio del monte Horeb fue al desierto para llevar alimentos al niño y ayudarle en sus necesidades. Este hombre, cuyo nombre he olvidado, era pariente de la profetisa Ana. Al principio iba cada semana y después cada quince días, mientras Juan necesitó ayuda.

Relato que culmina en la página 217:
Retomó al desierto, quedándose allí con el niño, hasta su muerte, que aconteció poco tiempo antes que la Sagrada Familia volviera de Egipto. Aquel esenio que cuidaba al niño Juan, sepultó a Isabel en las arenas del desierto.

Tomo 3
En el tomo 3, que relata la vida pública de Jesús hasta la primera Pascua, se dice que los esenios formaban una de las tres comunidades principales de una importante ciudad que tampoco se cita en los evangelios (p. 19), y que recibieron bien a Jesús:

Séforis es una ciudad bastante grande y tiene tres comunidades: la de los fariseos, la de los saduceos y la de los esenios, y tres escuelas. (…) Jesús permaneció varios días enseñando y exhortando al bautismo de Juan. El mismo día enseñó en dos sinagogas, una superior a la otra. En la primera los fariseos murmuraban contra Él; estaban presentes las santas mujeres. En la otra, de los esenios, no había lugar para las mujeres, y allí fue bien recibido.

Un capítulo especial (p. 31-36) lo forma la conversación que Jesús habría tenido con un esenio llamado Eliud:
Las personas a quienes habló Jesús cerca de Nazaret eran esenios, amigos de la Sagrada Familia. Vivían en lugares acondicionados junto a ruinosos muros de la ciudad; habitaban hombres solteros y pocas mujeres, separadas de ellos. Cultivaban pequeñas huertas; los hombres vestían largas túnicas blancas y las mujeres llevaban mantos. Habían vivido antes en el valle de Zabulón, junto al castillo de Herodes; pero por amistad a la Sagrada Familia se habían trasladado a estos lugares de Nazaret. El esenio junto al cual se hospedó Jesús se llamaba Eliud, un anciano de larga barba y de aspecto muy venerable. Era viudo y lo atendía una hija. Era hijo de un hermano de Zacarías. Esta gente vivía en retiro: iba a la sinagoga de Nazaret, tenía amistad con la Sagrada Familia, y se le había encomendado el cuidado de la casita de Nazaret en ausencia de María. A la mañana siguiente se fueron los cinco discípulos de Jesús a Nazaret, visitando a sus parientes y a la escuela del lugar. Jesús permaneció entre tanto con Eliud, el esenio. Con este anciano se detuvo orando y conversando familiarmente. Muchos secretos divinos le habían sido revelados a este anciano de extrema sencillez.

En este encuentro, a pesar de su cordialidad, queda clara una discrepancia, pues a pesar de que Jesús “le dijo que era el Mesías” (p. 32), el esenio no lo aceptó (p. 35):
En estas y semejantes conversaciones estuvieron Jesús y Eliud, y éste honraba a Jesús gozosa y sencillamente, pero sólo como un hombre elegido y extraordinario. Una hija de Eliud vivía en una gruta del lugar, alejada de allí. Los esenios que vivían en esta montaña, eran unos veinte: las mujeres vivían separadas, de cinco a seis, agrupadas entre sí. Todos veneraban a Eliud como a su jefe y se reunían todos los días con él para la oración. Jesús comió con él pan, frutas, miel y pescado, todo en pequeña cantidad. Los esenios se ocupaban en el trabajo de la huerta y el tejido. La montaña que habitaban era la punta más alta del conjunto donde Nazaret estaba edificada, aunque estaba todavía separada de la ciudad por un valle.

En la página 41 aparece por primera vez una comparación entre fariseos y esenios, supuestamente al acusar los primeros a los segundos ante Jesús de hipocresía:
Le hablaron también de los esenios, diciendo que eran unos hipócritas que no vivían según la ley. Jesús les replicó que seguían mejor la ley que los fariseos, añadiendo que hipócritas más bien podían ser llamados los fariseos. Originóse la conversación sobre los esenios, porque Jesús bendecía a los niños, y era costumbre de los esenios bendecir las cosas y personas.

Jesús elogiaría abiertamente a los esenios en una conversación con tres jóvenes relatada en la página 43:
Atinaron a decir que también los esenios en parte vivían casados. Jesús les respondió que los esenios hacían bien siguiendo sus leyes, y que, por lo demás, ellos preparaban el camino para cosas que Él estaba por establecer con mayor perfección.

La figura de Eliud aparece de nuevo en las páginas 46-47, pues Emmerich afirma que Jesús se habría transfigurado ante él, afirmando que había cumplido su papel de colaborar con el cristianismo, aunque sin afirmar explícitamente que creyera en la Divinidad de Cristo:
Creo que Eliud no sobrevivió hasta la crucifixión de Jesús. Jesús se mostraba más familiar con él que con los mismos apóstoles, pues el anciano estaba muy iluminado en las cosas del cielo y en los secretos de la Sagrada Familia. Eliud honraba a Jesús como a un compañero y amigo: dióle todo lo que podía dar e hizo mucho por la comunidad de Jesús. (…) Le dijo que lo consideraba de su comunidad, ya que había hecho su parte en la viña del Señor, y que recibiría el premio en su reino. Declaró esto con la parábola de los trabajadores en la viña. Eliud estaba muy serio y silencioso desde la aparición de la noche. Creo que fue más tarde bautizado por los apóstoles. (Se entiende que con el bautismo de Juan.)

En la página 47 se afirma que la relación con los esenios era motivo para dar preferencia a Juan Bautista sobre Jesús para los discípulos del primero, y que los del segundo la esgrimían también como elemento favorable:
Pedro y Andrés hablaban con mayor entusiasmo del Bautista: que era de estirpe sacerdotal; que fue instruido por esenios en el desierto; que era tan severo como sabio y no podía tolerar desorden alguno. Los discípulos, en cambio, encomiaban la mansedumbre y sabiduría de Jesús. Otros alegaban que por su indulgencia se promovían desórdenes y daban algunos ejemplos. Decían que también Él había sido instruido por los esenios, cuando había viajado.

La estima debía ser mutua, si aceptamos que, como se dice en la página 80, en una prédica de Juan Bautista previa al bautismo de Jesús, “los esenios estaban todos presentes”. La comunidad no vuelve a ser mencionada hasta la página 106, cuando se nos habla de Charioth, un personaje que vivió entre las localidades de Maspha y Belén:
Samuel juzgaba en Maspha y aquí estuvo el convento de los esenios, donde vivió Manahen, que le predijo el reinado a Herodes cuando era niño pequeño. Un esenio llamado Charioth lo había edificado. Este había vivido unos cien años antes de Cristo; era un hombre casado, de la comarca de Jericó, pero se había separado, por mutuo consentimiento, de su mujer y ambos edificaron varias comunidades de esenios, él para hombres y ella para mujeres. No lejos de Belén había edificado otro monasterio, donde murió. Era un santo varón, y en la muerte de Jesús fue de los primeros que resucitó y se apareció en Jerusalén.

Descendiente de Chariot sería un esenio llamado Jairo, con quien Jesús se reunió en otra localidad llamada Aruma, en la que aún no curó enfermos y aconsejó solo el bautismo de Juan.

Tomo 4
En el cuarto tomo, dedicado a la primera Pascua en Jerusalén, aparece una referencia a los esenios en la página 3 al hablar de una cueva en la que estuvo Jesús durante su ayuno:
En esta misma cueva habitó un profeta, de cuyo nombre no me acuerdo, 400 años antes. También Elías estuvo algún tiempo oculto aquí y agrandó la cueva. Sin que nadie supiese de donde venía, descendía a veces hasta el pueblo, ponía paz y profetizaba. Unos 150 años antes habían tenido aquí su habitación unos 25 esenios.

En algunas tentaciones (p. 9 y 10) el diablo adoptaría figura de esenio:
Más tarde apareció de nuevo Satanás en figura de un anciano esenio muy venerable, que venía cansado de subir por la montaña. Aparecía tan cansado que yo misma tuve compasión del que parecía venerable anciano. Se acercó a la cueva, cayendo de cansancio a la puerta misma, dando quejidos de dolor. Jesús ni siquiera miró al que acababa de entrar. Entonces se levantó el fingido esenio y dijo que era uno del Monte Carmelo, que había oído hablar de Jesús y que, por verlo, se habla venido hasta allí, desfalleciendo casi por el cansancio. Le rogaba se sentase un momento en su compañia, para hablar de cosas de Dios. Dijo que sabia lo que era ayunar y rezar; y que si se unen dos en oración sirve de edificación mutua. Jesús solo contestó algunas palabras, como: “Apártate de mi, Satanás, no es llegado el tiempo”. Sólo entonces vi que había sido Satanás el aparecido, puesto que al alejarse y desaparecer se puso negro, tenebroso y lleno de ira. Me causó risa ver que se echó al suelo como desfallecido y al fin tuvo que levantarse solo.
Cuando Satanás apareció de nuevo para tentar a Jesús se apareció en figura del anciano Eliud. Debió haber sabido que a Jesús se le había mostrado la cruz con todos los sufrimientos que le esperaban, porque comenzó diciendo que había tenido una visión de los graves dolores que debía sufrir Jesús y que había sentido la impresión de que no habría podido soportar semejantes sufrimientos. Dijo que tampoco podría estar ayunando los cuarenta días y que por eso venía él para verle de nuevo y pedirle que le dejase participar de su soledad y tomar sobre sí una parte de su promesa y resolución. Jesús no miró siquiera al tentador, y levantando sus manos al cielo, dijo : “Padre mío, quita esta tentación de Mí”. Al punto Satanás desapareció, lleno de rabia y despecho.

Propiamente aparecen los esenios en la página 38, sugiriendo que estaban mejor preparados que otros para entender la enseñanza de Jesús, o en concreto que así sucedió en las bodas de Caná con un futuro apóstol:
Todo esto lo dijo de tal manera que no hería las ideas que tenían los judíos del matrimonio, pero que algunos discípulos, entre ellos Santiago el Menor, que era esenio, entendieron más profundamente.

En la p. 57 se nos dice de Jairo, a cuya hija resucita Jesús, que era descendiente de un esenio ya citado:
Jairo, un descendiente del esenio Chariot, que vivía en el pueblo de Phasael algo despreciado por los demás, y que había rogado a Jesús sanase a su hija enferma, mandó un mensajero para recordar a Jesús su promesa de ayuda. Su hija había muerto.

En la p. 71 se nos dice que en Séforis, donde Jesús era criticado, los esenios lo respetaban más y a ellos prestó más atención:
No sanó aquí a los enfermos y se mantuvo reservado; enseñó el sábado en la sinagoga y se hospedó junto a la misma. Visitó en cambio a muchos, en particular, especialmente a ciertos esenios, para consolarlos y exhortarlos, ya que las malas lenguas de los perversos los burlaban y molestaban por el amor que manifestaban a Jesús.

Un dato semejante aparece dos páginas después:
Tenía entre sus discípulos a dos o tres jóvenes hijos de unas viudas de esenios. (…) Después vi a Jesús hasta altas horas de la noche con el anciano esenio Eliud de Nazaret. Este anciano parece estar en las últimas, y está siempre sobre su lecho. Jesús está como tendido junto a él, y, apoyado en su brazo, le habla. El hombre está todo absorto en Dios.

Incluso el vestido de Jesús era semejante al de ese grupo (p. 80):
Jesús tenía una vestidura blanca con faja y un manto también blanco, al modo de los esenios.

Tomo 5
En el tomo 5, que cubre desde la primera Pascua a la prisión de Juan Bautista, se afirma que en un lugar llamado Adama preguntaron a Jesús su opinión sobre los esenios (p. 29), y no parece haber tenido nada que preprocharles, antes al contrario:
Una vez preguntaron algunos principales a Jesús qué pensaba de los esenios. Querían tentarle, porque les parecía que tenía Jesús algo de parecido con esa gente, y porque Santiago el Menor, su pariente, pertenecía a esa secta. Culpaban a estos hombres de que se apartaran de los demás, haciéndose singulares y especialmente de que no quisieran casarse. Jesús les contestó que no se podía culpar a esta gente; que si tenían esa vocación era de alabarse; que cada uno tenía su vocación, y si uno no se sentía llamado a eso no debía hacerlo: de otro modo sería como si un baldado quisiera caminar derecho, sin conseguirlo. Cuando le reprochaban que en los esenios había tan pocas familias, Jesús les enumeró muchas familias de esenios y les habló de la buena educación que daban a sus hijos. Habló también del estado matrimonial bueno y malo. Jesús ni se declaró por los esenios ni los reprendió por su vida: de este modo la gente no lo entendió. Ellos pensaban, con estas preguntas, reprocharle que tuviera entre sus discípulos a algunos esenios y que tratara con ellos.

La siguiente cita, en la página 66 (capítulo XXII), nos habla de una localidad, Engannim, en la que los esenios tendrían un hospital que Jesús habría visitado:
Tenía aquí algunos parientes de la familia de Ana, que eran esenios. Esta gente recibió a Jesús muy humilde y muy amablemente. Vivían en una parte separada de la ciudad y su vida era casta; había muchos sin casarse y haciendo vida en común, como en un convento. A pesar de todo ya no reinaba tampoco allí el rigor de los antiguos tiempos: vestían como los demás e iban a la escuela con los otros. Mantenían en la ciudad una especie de hospital donde se reunían muchos enfermos y pobres de todas las sectas y eran allí alimentados en largas mesas. Recibían a todos los que se presentaban y los instruían y mejoraban. En la sala del hospital ponían si había uno malo entre dos buenos para que éstos lo aconsejasen y mejorasen. Jesús entró en este hospital y sanó a algunos de los enfermos.

En la página 88 del mismo tomo se refiere la especial relación mutua entre Jesús y los esenios cuando entró en Nazaret (cap. XXXIV):
Después de la comida salió fuera de la ciudad, con los esenios. Como éstos se alegraban del buen recibimiento que le habían hecho en la ciudad, Jesús les dijo que esperasen hasta el día siguiente, que ya verían otra cosa muy diferente.

Al día siguiente, según se narra en la página 89, Jesús se habría presentado como Mesías, provocando el rechazo de sus paisanos a excepción de los esenios:
De este modo comenzaron silenciosamente a irritarse cada vez más contra Él, porque se avergonzaban delante del pueblo, al verse reprendidos. Jesús siguió enseñando; a su tiempo salió de la ciudad y se retiró con los esenios. (…) Jesús comió con los esenios y enseñó en rueda de familia. Ellos le contaron que eran oprimidos allí. Él les aconsejó ir a vivir a Cafarnaúm, donde Él también se retiraría a vivir en adelante.

Frente a Galaad, según se relata en la página 98, Jesús habría presentado a los esenios como modélicos:
Como Jesús había estado con los esenios en Nazaret y los fariseos le reprochaban esto mismo, preguntaron ellos algo sobre los esenios, y he oído que Jesús preguntando varias cosas indirectamente, los alababa. Así. mencionando las faltas que se cometían contra el amor del prójimo y la justicia preguntaba: “¿Hacen los esenios esto? … ¿Hacen acaso los esenios aquello otro?”.

Tomos 6 y 7
El sexto tomo de Emmerich abarca desde la segunda fiesta de los tabernáculos hasta la conversión de la Magdalena, y solo contiene una referencia importante, en la página 15, al narrar la curación de un ciego que era hijo de esenios y que había previamente recibido el bautismo de Juan.

El tomo 7, que abarca desde la conversión de la Magdalena hasta la muerte de Juan Bautista, narra en el capítulo XXX (p. 79) una nueva estancia de Jesús en casa de un matrimonio esenio durante la cautividad de Juan Bautista. En la página 133 se sugiere que el cuerpo de Juan Bautista fue depositado en una cueva donde los esenios ya habían velado el cuerpo de Zacarías y otros profetas, celebrando los esenios (p. 134) una ceremonia fúnebre que, siguiendo indicaciones del Bautista, incluía una veneración del cordero pascual en representación de quien sería el Mesías.

Inmediatamente tras este relato, el penúltimo capítulo (L, p. 135) se dedica precisamente a dar noticias de quiénes eran los esenios y sus creencias. Allí se les denomina abiertamente precursores y fundamento de la Iglesia, se explica que el motivo de que no aparezcan en el Evangelio era que Jesús no tuvo que corregirles; si bien se añaden puntos hasta cierto punto en conflicto con todo lo anterior: se dice que Jesús quiso evitar que los fariseos lo identificaran con ellos, y que la parte de ellos que no entró en la Iglesia degeneró provocando algunas de las primeras herejías:
Las almas santas entre los Esenios poseían un gran conocimiento y visión profética sobre la venida del Mesías, también de la significación interior y la referencia a lo de las costumbres diferentes del judaísmo. Cuatro generaciones antes del nacimiento de la Santísima Virgen, habían dejado de ofrecer sacrificios sangrientos, ya que sabían que la venida del Cordero de Dios estaba cerca. La castidad y la continencia se encontraban entre ellos con una especie de culto celebrado en honor del futuro Redentor. (…)
Eran, en cuanto a sus costumbres y prácticas religiosas, los precursores de la futura Iglesia. Ellos han contribuido mucho a la formación y guía espiritual de los antepasados de María y otros santos patriarcas. La educación de Juan en su juventud fue su última gran obra.
Algunos de los más ilustrados entre ellos en tiempo de Jesús se unieron a los discípulos. Otros más tarde entraron en la Comunidad, en la que, por su larga práctica propia, se dio un nuevo impulso al espíritu de renuncia y a una vida de apartamiento, y se sentó las bases para la vida cristiana, tanto eremítica como de clausura. Sin embargo, un gran número de ellos que no pertenecían a los frutos del árbol, sino a la madera seca, aislados en sus celebraciones, degeneraron en una secta. Esta secta estaba imbuida después con todo tipo de sutilezas paganas, y se convirtió en la madre de muchas herejías en los primeros dias de la Iglesia.
Jesús no tuvo comunicación en particular con los esenios, a pesar de que existe cierta similitud entre sus costumbres y las de ellos. Con un gran número de ellos no tenía más que hacer que con otras personas piadosas y bien dispuestas. Era íntimo de varios de los esenios casados que eran amigos de la Sagrada Familia. Como nunca esta secta entró en disputa con Jesús, Él nunca tuvo ocasión de hablar en contra de ellos, y no se mencionan en los Evangelios, porque Él no tuvo nada por qué censurarlos, como lo había en otras. También guardó silencio sobre el gran bien encontrado entre ellos, ya que si hubiera hablado de él, los fariseos habrían declarado inmediatamente que Él mismo pertenecía a esa secta.

Este tomo termina relatando que, dos meses después de la muerte del Bautista:
La cabeza fue entregada a los esenios, cerca de Hebrón, y algunos de sus enfermos, después de haber sido tocado con ella, fueron curados. Se lavó, se embalsamó con ungüentos preciosos, y con las solemnes ceremonias previstas, fue enterrada con el cuerpo en la tumba.

Tomos 8 al 11
En el Tomo 8, titulado Desde la segunda pascua al regreso de la Isla de Chipre, las referencias a los esenios se refieren solo a su acogida a Jesús cuando predicaba, y no aportan novedad particular. El Tomo 9, titulado Viaje de Jesús al país de los Reyes Magos y Egipto, los menciona en dos ocasiones también sin aportar novedad. El Tomo 10, titulado Últimas enseñanzas de Jesús. Entrada triunfal en Jerusalén, carece por completo de referencias a los esenios. El 11 y quizá más conocido, Amarga Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, además de algunas referencias puntuales, refiere solo el nombre de uno de los muertos que resucitaron al morir Jesús (p. 164):
Así vi a Sadoc, hombre muy piadoso, que había dado todo lo que poseía a los pobres y al templo, y que había fundado una comunidad de esenios, aparecerse a mucha gente en las inmediaciones de Hebrón. Este Sadoc había vivido un siglo antes de Jesús: había deseado ardientemente la venida del Mesías, y tenido sobre este muchas revelaciones.

La comunidad cristiana (Tomos 12 al 15)
El Tomo 12, titulado Desde la Resurrección de Jesucristo hasta la Asunción de María Santísima, es el primero en el que podríamos esperar encontrar relatos sobre las relaciones entre esenios y cristianos una vez que estos comenzaron a extenderse por el mundo. Pero como sucederá con los Evangelios, aquí no hay ninguna referencia a ellos.

En el Tomo 13, titulado Visiones de los Apóstoles, de los mártires y de los santos, los esenios solo son mencionados al referir el martirio de Santa Catalina en 299 y el hecho de que fuera enterrada al pie del Monte Sinaí:
Hay entre estas reliquias algunas de los profetas que vivieron en otro tiempo en este monte y que los esenios veneraban cuando vivían en sus cavernas; He visto reliquias de Jacob, de José y de su familia, cosas que los israelitas habían traído consigo desde Egipto.

En el Tomo 14, titulado Reconocimiento de las Reliquias, hay solo una referencia acerca de que durante su ayuno Cristo fue conducido para ser tentado por el demonio sobre un árbol en el jardín de un esenio.

El tomo 15 y último, titulado Profecías del fin del mundo, no contiene ninguna referencia a los esenios.

Conclusión
La obra de Emmerick da cuando menos algunas pistas para la investigación que podrían tratar de ser seguidas si despertaran el interés de los especialistas. En concreto, relacionarían a los esenios con lo que a veces se llama resto de Israel, por parecer la comunidad religiosa que con más celo esperó la llegada del Mesías. Además, sugiere ciertos vínculos de sangre entre la familia de Jesús (en concreto la familia materna de María) y los esenios, así como el dato de que uno de los apóstoles, Santiago el Menor, habría pertenecido a este grupo.

El libro sugiere algunas soluciones a la pregunta sobre por qué no se menciona a los esenios en el Evangelio: Jesús no los habría criticado, pero posiblemente también habría limitado sus elogios hacia ellos –aunque los hay, y notables- para no exasperar a los fariseos. Aparentemente, no haría falta hablar de ellos, porque como predecesores del seguimiento del Mesías, se habrían integrado en la Iglesia, pero también se nos dice que una parte nada despreciable de ellos cayó nada menos que en el paganismo o, lo que parece casi peor, que constituyó algunas de las primeras herejías con las que tuvo que bregar el cristianismo.

Casi podría decirse que las informaciones de Emmerick crean más problemas de los que resuelven, si es que pudieran ser ciertas. Pero también es verdad que, siendo la historia antigua compleja a veces por la falta de fuentes, puede ser de agradecer que, desde la época contemporánea, se hallan lanzado algunas hipótesis de trabajo que, debidamente contrastadas, podrían contribuir a aclarar, en particular, la relación entre esenios y cristianos.

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