Aurelio Núñez Morgado

La Revolución Española de 1936 vista por un diplomático Aurelio Núñez Morgado, embajador de Chile y decano del cuerpo diplomático, explica cómo desapareció el Estado de Derecho en la Revolución Española de 1936

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Así despareció el Estado de Derecho en la Revolución Española de 1936. A modo de prólogo al libro de Aurelio Núñez Morgado Los sucesos de España vistos por un diplomático.

Santiago Mata

Doctor en Historia y autor de El Tren de la Muerte (La Esfera de los Libros, 2011).

El libro Los sucesos de España, del embajador de Chile, Aurelio Núñez Morgado, relata entre otras cosas cómo se tomó y transmitió al Gobierno republicano la decisión de admitir refugiados españoles en las embajadas y legaciones diplomáticas extranjeras. Esto, en la práctica, equivalía a afirmar que la Segunda República Española había dejado de ser un Estado de Derecho y que, para paliar en parte el no reconocimiento de los derechos ciudadanos, los diplomáticos extranjeros acudían en auxilio de los ciudadanos españoles al margen de lo que opinara un Gobierno –el de la República- que ya no merecía tal nombre, bien porque no pudiera o bien porque no quisiera respetar los derechos cívicos.

El matiz –no poder o no querer- era irrelevante, primero porque para los diplomáticos lo importante era salvar vidas, y segundo porque, si no podía, era porque primero no había querido respetar el derecho, es decir, recurrir a las fuerzas y cuerpos militares y de seguridad del Estado para enfrentarse a la sublevación militar. Puesto que quiso saltarse la ley para armar a cuerpos y milicias políticos, con ello asumía la responsabilidad de las posteriores violaciones que esas milicias iban a llevar a cabo. Y prueba de que las asumía fue la organización de la checa de Bellas Artes, ya en agosto y por el nuevo Director General de Seguridad Manuel Muñoz Martínez, para poner orden, es decir, repartirse a gusto de los partidos y milicias, el poder en el nuevo Estado revolucionario.

La Revolución Española sorprende a los diplomáticos, hombres de orden y de leyes, y por eso Morgado le da al relato de la Guerra y la Revolución el poco atractivo nombre de “sucesos de España”.

El libro del embajador de Chile y decano del cuerpo diplomático refiere en particular dos sucesos que precipitan la decisión de los diplomáticos primero de admitir refugiados y luego la de consultar a sus gobiernos si deben abandonar España: de esta forma es todo el mundo “civilizado” –ciertamente a partir del impulso del decano del cuerpo diplomático- el que constata que la República Española ha dejado de ser uno de esos estados en los que rige el Derecho.

Estos hechos tienen gran relevancia para evidenciar la hipocresía que supondrá la simulación, por parte del Gobierno republicano, de seguir siendo representante democrático de su pueblo, y la injusticia que supondrá el que el Gobierno de un Estado revolucionario recrimine a los Estados democráticos que no le hayan ayudado, en lugar de asumir que ha sido ese Gobierno y Estado revolucionario el que se ha separado del resto del mundo democrático al que pertenecía, perdiendo así el derecho a reclamar luego su ayuda, como hipócritamente pretendió.

Los trenes de Jaén

Como digo, hay dos hechos que marcan el paso de la denuncia-protesta a la denuncia-expulsión de la “comunidad internacional”. El primer hecho, que es denunciado y acompañado con una protesta, es el asesinato de siete religiosos colombianos. El segundo hecho es la matanza pública de dos centenares de personas sobre las que no recaía acusación formal alguna: los trenes de Jaén del 11 y 12 de agosto, matanzas, sobre todo la segunda, contra las que se protesta expulsando al Gobierno republicano de la comunidad internacional por la vía de hecho de admitir refugiados españoles. Esta medida se complementa con la consulta a los gobiernos extranjeros sobre si es conveniente que sus embajadas y legaciones se retiren del territorio republicano, consulta a la que respondieron afirmativamente todos los Estados, salvo uno revolucionario, México, otro que poco tenía que ver con el Estado de Derecho, Turquía, y Argentina, cuya intención posiblemente era no actuar secundando a Chile en este punto, cuando había sido su representante el primero que, en el caso de los religiosos, propuso solidarizarse con Colombia.

Las democracias, incluidas Estados Unidos, el Reino Unido y Francia, dedicieron por tanto ya en agosto de 1936 que no tenían por qué mantener relaciones diplomáticas con la República, aunque según Morgado no ejecutaron esta decisión por motivos humanitarios. Incluso el embajador de un Estado revolucionario, México, tras advertir las semejanzas entre ambas revoluciones (lo que hacía previsible que su Estado no condenara a la República Española), afirma que en su país nunca llegaron a conculcarse los derechos ciudadanos hasta el extremo de desaparecer, que es lo que habría pasado en la España republicana.

Del libro de Morgado se deduce que las matanzas de los trenes de Jaén tuvieron como consecuencia la decisión de acoger en las sedes diplomáticas a refugiados españoles. Ya a raíz de la matanza de religiosos colombianos hubo una protesta del cuerpo diplomático, pero la segunda -tras los trenes- fue más directa, ya que fue en persona, y advirtiendo a los representantes del Gobierno de la decisión de prestar asilo a españoles perseguidos.

Por la relevancia que tienen estos sucesos termino, por tanto, la introducción previa a la reproducción de la edición original de 1941 del libro de Morgado, con el resumen que se hace en ella de esos sucesos, que he relatado más ampliamente en el libro El Tren de la Muerte. Y termino esta introducción en el 80º aniversario de aquellas matanzas, y a pocos kilómetros de lugar en que sucedieron.

En caso de lograr acceder a otro ejemplar de esta primera edición, espero poder mejorar la calidad de algunas fotografías, en particular la de la p. 99, que resulta poco legible. Aunque la información perdida no es relevante en el conjunto de las 377 páginas de la obra, pido al lector que disculpe este inconveniente, que pienso queda compensado por el valor del testimonio aquí recogido.

Villaverde, 12 de agosto de 2016.

El Tren de la Muerte en el libro de Morgado

La importancia que los diplomáticos dieron al suceso queda clara al ver en, en este libro, hay dos relatos largos y uno breve de las matanzas, que resumo:

Página 199: Reunión en la que narra el asesinato de siete colombianos, Hermanos de San Juan de Dios que trabajaban en Ciempozuelos, a los que se había enviado a Barcelona en tren con la correspondiente documentación) “Después de albergarles en la Legación, el canciller les acompañó a la estación del ferrocarril para dirigirles a Barcelona. En el tren se presentaron algunos milicianos a indagar si había algún viajero para Barcelona procedente de Ciempozuelos, a lo que contestó afirmativamente el canciller, presentándoles a los siete hermanos de San José, que vestían de seglares.” (Aparecieron los cadáveres, no dice si en Barcelona.) “Las autoridades de Barcelona manifestaron al Cónsul General que no podían garantizar su vida y dicho funcionario hubo de salir precipitadamente.”

(Argentina propone solidarizarse con Colombia.) “El Embajador de Chile solicita el acuerdo unánime para declarar la reprobación enérgica que les merece semejante crimen y así expresarlo al Gobierno.”

Página 200: “Por acuerdo unánime se aprueba la moción del decano en que se solidariza el Cuerpo Diplomático con el representante de Colombia y se envía una nota al Ministerio de Estado en tal sentido.”

201: Sesión del 13 agosto: El chileno narra el asesinato de 16 aviadores retirados, sobre unos 30 que se presentaron porque se les llamaba a filas.

“Anteayer, continúa, ha llegado un tren de Jaén que traía prisioneros y rehenes y, al llegar a Madrid, sacaron a once de ellos y les asesinaron. El resto fue conducido a Alcalá de Henares.

Ayer, dice para terminar, venía otro tren que traía 225 rehenes de Jaén, que eran personas de la mayor representación de la ciudad y que venían destinados a la Cárcel Modelo de Madrid y custodiados por 25 guardias civiles al mando de un teniente. Este tren fue detenido en diversas estaciones del trayecto con el ob- (página 202) jeto de apoderarse de los rehenes; pero por fin lograron llegar hasta el apeadero de Santa Catalina, en las goteras de la Capital. Allí ya no pudieron pasar. En vista de las circunstancias, el teniente puso el hecho en conocimiento del Ministro de Gobernación, general Pozas, por medio del teléfono, a fin de que se le prestara ayuda y terminar su expedición. Ante la orden categórica de este general-Ministro, el teniente pretendió proseguir la marcha; pero los milicianos no se lo permitieron. Ante un segundo llamado al Ministerio, manifestando que se pretendía dar muerte a los rehenes y a sus guardias si se pretendía continuar, el general Pozas optó, en vez de enviarle la ayuda solicitada y de que disponía, por lo más fácil: de dos males, dijo, el menor: ¡entregue a los rehenes!

Y allí mismo, momentos más tarde, eran asesinados.

En estas circunstancias, dice el decano, cabe preguntarse si es posible no ayudar al afligido, al que escapa de las garras asesinas y viene a cobijarse bajo nuestras banderas. En caso de que no se acepte el derecho de “refugio”, ni siquiera de “asilo”, no habría otra cosa que hacer que ausentarse de Madrid, porque todos los hechos relatados y quien sabe cuantos que ignoramos significan que se carece de Gobierno y, en tales circunstancias, permanecer impasibles, limitándose a enviar notas tras notas, sin resultado práctico alguno, nos coloca en el triste papel de espectadores de la más tremenda tragedia o de cómplices por silencio de aquellos crímenes.

Por mi parte, termina, teniendo ya llena de gente mi Embajada; pero los demás representantes sabrán cada uno lo que le corresponderá hacer de acuerdo con sus respectivos gobiernos y sus conciencias.

El representante de la República Argentina pregunta si se autoriza al Cuerpo Diplomático para comunicar a sus respectivos gobiernos estas decisiones y el representante de Chile dice que no tiene ningún inconveniente.

El Sr. Ministro del Uruguay dice que el relato del (página 203) Embajador de Chile le ha impresionado y que el hecho que el propio decano haya manifestado la idea de retirarse lo estima muy grave. Por su parte tiene instrucciones de su Gobierno de que pase a Francia cuando lo crea oportuno.

El Sr. Ministro del Perú cree que los representantes de las grandes potencias deben manifestar sus opiniones. El de Gran Bretaña dice que tiene instrucciones para que en caso necesario, cierre la Embajada y el consulado y se marche; pero le parece que no lo podrá hacer por tener súbditos ingleses a quienes proteger.

El Sr. Ministro de El Salvador pregunta al Embajador de Chile si se ausentaría de España a lo que éste contesta que se iría tal vez a Alicante para embarcarse en el momento oportuno. El representante de El Salvador considera que esta resolución sería muy grave, sería un tremendo golpe para el Gobierno, que perdería toda la pequeña autoridad que ahora tiene y que por eso entendía que no debería el Cuerpo Diplomático adoptar tal resolución sino en último caso.

El representante de Rumanía dice que cada uno pida autorización a su Gobierno para retirarse cuando el Cuerpo Diplomático los juzgue conveniente.

El Sr. Embajador de México dice que su país ha tenido que sufrir una lucha semejante a la que se desarrolla actualmente en España, aún cuando nunca se llegó a la desaparición tan absoluta de las garantías individuales que ahora presenciamos. De esta lucha, que duró varios años, surgió un gobierno de izquierdas que está de espíritu y de corazón con el Gobierno de Madrid. Por consiguiente, cualquiera que sea la decisión del Cuerpo Diplomático y las circunstancias por que pueda atravesar la Capital, la Embajada de México permanecerá en Madrid.- Pero, a pesar de todo, en Febrero se instaló en Valencia, con motivo de la llegada del sucesor del Sr. Pérez Treviño.

En la sesión del día 15, a propósito de la posibilidad de abandonar Madrid y aún el territorio español (…).

(204) “Salvo los representantes de Argentina, Turquía y México, que expresan que, por sus razones, permanecerán en Madrid cualesquiera que sean las circunstancias, los demás manifiestan que han recibido instrucciones para salir cuando así lo acuerde el Cuerpo Diplomático.”

“En la sesión del día 20 el Embajador de Chile dice que ha sido invitado por el Sr. Ministro de Estado a (205) tratar sobre los temas que más nos preocupan y, al respecto, dentro de la mayor cordialidad, le ofreció repetidas veces que el afán mayor del Gobierno es tener satisfecho al Cuerpo Diplomático y le pidió que, en lo posible, el Cuerpo Diplomático se reuniera con él periódicamente por intermedio de su decano, a fin de evitar malos entendidos. Con referencias a las sesiones diarias que celebramos  y que llamaban la atención del “público”, le expresó que obedecían exclusivamente al deber que tenemos de proteger las vidas de nuestros representados y sus hogares y nuestras propias Misiones y, por añadidura, hasta contra nuestra propia voluntad, a personas de nacionalidad española que se sentían perseguidas por desconocidos que les causaban la muerte, como lo enseñaba la experiencia del tiempo pasado y la de cada día. Manifestó el decano al Ministro que, en realidad, la idea de ausentarse de Madrid y, si el caso lo requería, de España era solamente como una demostración de la inutilidad de todos sus sacrificios. El Ministro estimó que tal medida la estimaría grave su Gobierno y poco amistosa, a lo que el Embajador respondió que el efecto guardaba íntima relación con la causa; pero que, bien entendido, la actitud del Cuerpo Diplomático es en resguardo de su prestigio y de su deber.

La sala acogió con aplauso las palabras anteriores.

El representante de Polonia relata las circunstancias en que fue asesinado el cónsul”

(332 nuevo relato del tren de Jaén donde confunde la fecha y junta los dos trenes; el episodio del oficial subiendo a la máquina está tomado del primer tren)

“En sesión celebrada por el Cuerpo diplomático en mi Embajada el 7 de agosto de 1936 se dio cuenta de que, en el día anterior, habían llegado de Jaén dos trenes conduciendo rehenes. El segundo traía 225 personas, (333) entre ellas autoridades eclesiásticas, militares, agricultores, profesionales, políticos, etc., que venían bajo el cuidado de 25 guardias civiles y dos oficiales.

Este tren fue detenido en muchos puntos del trayecto; pero, con todo, llegó hasta el apeadero de Santa Catalina, en las goteras de Madrid. Allí impedía el paso una gran partida de milicianos que no hubo forma de alejar. Ante esta situación, el jefe de la guardia recurrió al teléfono y se puso al habla con el ministro de la Gobernación, que lo era a la sazón el general Pozas.

Al oír este general que no se permitía el paso del tren de los rehenes dio la orden perentoria de que continuara adelante. El teniente de la Guardia civil transmitió a los milicianos y al maquinista la orden superior. Pero, en vez de prestarle cumplimiento, los milicianos manifestaron que fusilarían a los rehenes y a sus guardias si se pretendía proseguir el viaje a Madrid.

El oficial, sin embargo, subió a la máquina y dio nueva orden de partida. Pero algunas milicias subieron tras él y abocaron los cañones de sus fusiles sobre el teniente y el maquinista, quien, en tales condiciones, desistió de poner el tren en marcha.

Por segunda vez el oficial se puso al habla con el citado general ministro, a quien detalló las circunstancias que le impedían avanzar. Y entonces tuvo lugar la respuesta lapidaria del ministro: de dos males, le dijo, el menor: ¡entregue los rehenes!

Momentos más tarde esos rehenes eran asesinados por la turba sanguinaria.”

(336) “Pero la sucesión de hechos tan profundamente delictuosos, como el asesinato colectivo de los rehenes de Jaén, el de los siete hermanos de San Juan de Dios y el de tantos y tantos otros como ocurría cada día me movieron a dar por terminado el debate sobre la aplicación del derecho de asilo en la sesión del 12 de agosto, en que propuse, en vista de los diversos criterios (337) subsistentes, que cada jefe de Misión obrara de acuerdo con sus propias facultades y con su propia conciencia.

A partir de ese momento se comenzó a recibir en las diversas Misiones extranjeras a quienes solicitaban asilo.”

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