Terapia familiar con El Lago de los Cisnes Por qué las mujeres prefieren el ballet y los hombres las películas de tiros

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Les recomiendo el estupendo Lago de los Cisnes de Valeria Solovieva y el Ballet Clásico de San Petersburgo, que me ha dado pie para preguntarme si el que el público sea mayoritariamente femenino será por lo mismo que asisten más mujeres que hombres a misa.

En realidad, sobre esto último no he reflexionado suficiente como para dar una respuesta, pero me parece que la obra consigue lo que piden en la sala antes de empezar: que se desconecte de la realidad (lo que se pide es apagar los móviles). Pero ¿a qué precio?

El primer precio salta a la vista, y así me decía un familiar: “solo de verlo me duelen los pies”. ¿Es necesario hacer sufrir a los miembros (sobre todo ellas) del ballet para pasar un buen rato. Ante la evidencia de que a las mujeres les gusta el ballet, mientras que yo hubiera preferido una película de tiros, sin duda concluyo que ese sufrimiento vale la pena.

Vale la pena desconectar de una realidad que las mujeres por lo visto no pueden cambiar, y de la que optan por quejarse: desconectar en este caso es sustituirla por otra realidad armoniosa, en la que los hombres danzan al mismo son que las mujeres. En esa realidad todas las cosas tienen su sitio y no hay nada estruendoso.

No es lo malo, pero es cierto, que esa realidad se consigue andando de puntillas, y por tanto no puede durar mucho. Pero sí lo suficiente para que tenga un efecto terapéutico. Intuyo, sin afirmarlo, que la mayoría de los hombres -varones digo- estamos en cambio inclinados no a desconectar de la realidad, sino a cambiarla: y de ahí que prefiramos los tiros al ballet (ojo que no estoy diciendo que sea conveniente liarse a tiros para hacer “justicia”, solo que existe esa inclinación a cambiar la realidad en lugar de abstraerse de ella).

Quizá sea esa la razón de que los hombres que trabajan en el ballet, por muy grandes artistas que sean y más machos que un Billy Elliot, difícilmente podrán quitarse el sin duda injusto sambenito de estar afeminados, porque, de ser cierta alguna de estas intuiciones, parece que fomentan un tipo de arte más orientado a ellas.

En el extremo de esta percepción, podría decirse que los partidarios de la ideología de género no sólo quieren imponer el ballet -quizá con la buena intención de evitar los tiroteos-, sino que su ideal de subordinación del macho al modo de sentir (mayoritariamente) femenino aspira no ya a una armonía en la que el hombre baila al ritmo de la mujer, sino a confundirlos totalmente (lo que, por cierto, en el ballet, llevaría a vestir a los hombres de mujeres, porque si fuera al revés la diferencia seguiría notándose).

Lo triste es que la ideología de género extrapola algo que puede ser bueno y terapéutico, ese desconectar de una realidad estridente, al conjunto de la sociedad, y con la excusa de evitar desigualdades y violencias, propone la desconexión permanente: jugar a que vivimos en vez de vivir, sumergirnos en la realidad virtual hasta ahogarnos. Y no en el Lago de los Cisnes que, insisto, vale la pena de veras.

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